L estaba dentro de la tienda, comprando una zambomba para su programa. Yo estaba fuera, con Fuyur, mirando a la china que le explicaba a L cómo se tocaba ese instrumento, que recuerda a cierto acto (no digo cuál). De repente Fuyur tiraba con fuerza. "Seguro que es otro perro", pensé. Pues sí. Justo delante de mi caminaba como podía un cocker de color marrón clarito. Levantaba sus patitas una detrás de otra, como si temiese perder el camino que se conocía, y su cuerpo, redondo, le pesaba al pobre animal como mil toneladas. Su ama miraba a Fuyur con expectación porque intentaba acercarse a tu cocker.
- Déjalo Fuyur.- le decía al perro.
- No te preocupes, si ya ni oye ni vé.- me contestaba su ama.
- ¿Cuántos años tiene?- le pregunté
- Bufff. Ya es muy mayor. Tiene diecisiete años.- dijo con pena.
Aparté a mi perro del suyo y vi como aquella pareja de amigos se marchaba a casa, caminado juntos una de las que serán sus últimas veces. Pensé lo hermoso que es tener a un amigo fiel y cariñoso durante tantos años.
Mi pequeño Fuyur.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados